EL DETECTIVE DE ALIMENTOS


Michael Pollan empezó como agroperiodista y se ha acabado convirtiendo en cocinero de la conciencia de todo un país, con una receta así de simple: “Comed alimentos reales, no demasiados, y sobre todo plantas”. Aunque el título que más le va, asegura, es el de detective de los alimentos; siguiendo el rastro de todo lo que nos llevamos a la boca, indagando por su cuenta todo lo que hay detrás de lo que nos venden y proponiendo la vuelta a la comida simple y natural.

Por principio, el “detective” Pollan propone escapar de la dieta moderna, producto de los monocultivos de la agricultura industrial y cuyo secreto estriba es descomponer el maíz y la soja, procesarlos y luego volverlos a componer en sustancias que parecen comestibles.

Regla número uno: nunca comas nada que no comería tu tatarabuela. “La fuente más valiosa y fiable en cuestiones alimenticias es la tradición”, palabra de Pollan. “La ciencia ha aportado bien poco y ha creado esa cultura del “nutricionismo” de la que conviene huir. La tradición es la sabiduría popular destilada. Nuestros antecesores sabían lo que les sentaba bien y por sentido común dejaron de comer lo que les ponía enfermos”.

 Regla número dos: consume productos perecederos. “Los alimentos reales viven y mueren, con un par de excepciones, entre ellas la miel, que ha llegado a aguantar intacta en las tumbas de los faraones”. Los alimentos reales son los que (mayormente) se pudren con el tiempo, afirma. Y entre los alimentos reales, nada mejor que los que tienen hojas. “De los 75 o 100 elementos que necesitamos para mantenernos sanos, casi todos están en las plantas”, asegura Pollan. “El último lugar donde debemos buscarlos es en los alimentos ultraprocesados”.

Regla número tres: cocinar tus propios alimentos. Hay estudios que demuestran cómo la salud de la gente que cocina es casa es bastante mejor que la de la gente que come habitualmente fuera. En casa se usan habitualmente alimentos “reales”, mientras que los restaurantes recurren a potenciadores del sabor que jamás usaríamos en nuestras cocinas. El concepto de la comida “fast food” se ha convertido en el pan de cada día de muchas personas, y la gente come en el coche, come en el despacho, come por la calles, come a todas las horas. “Conviene recuperar la comida como acto social“, advierte Pollan, “y volver al placer de la buena mesa, como reclama la gente de “Slow Food“.

Y otra sugerencia como postre: “Todos deberíamos cultivar, aunque sea en la ventana o en los balcones. Es la manera más elemental de cerrar el círculo de los alimentos y reconectar con la naturaleza. Un pequeño huerto te puede cambiar la vida.

El modo en que comemos influye más en el planeta que ninguna otra área de nuestra vida. Y la buena noticia es que es muy fácil cambiar, con cada dólar o cada euro que gastas en el supermercado. Así ha ido creciendo en Estados Unidos el mercado de la comida biológica, que mueve ya más de 20.000 millones de dólares al año. Todo ha sido fruto de un acuerdo tácito entre los consumidores y los productores, que han decidido votar con el tenedor”.