EL PLANETA EN EL PLATO


Una cosa es comerse el planeta y otra muy distinta es nutrir la Tierra. Carlo Petrini lleva media vida (65 años) intentando dar la vuelta a la ecuación e impulsando un cambio profundo en nuestra relación con los alimentos. Así nació en 1986 Slow Food, la revolución silenciosa y a fuego lento que extiende ya por 175 países y que en los últimos años ha echado raíces en Africa.

“Yo sospechaba que la soberanía alimentaria iba a ser una de las cuestiones más palpitantes, pero no pensaba que fuéramos a llegar tan lejos”, confiesa Petrini, recordando el ruidoso inicio del movimiento en las escalinatas de la Plaza de España de Roma, en protesta por la apertura de un McDonald´s. “Hemos recorrido un largo camino desde entonces y hemos crecido de una manera orgánica, sin prisas pero sin pausa, siguiendo la estrategia del caracol“.

En las palabras de Carlo Petrini, sin embargo, hay siempre una sensación de urgencia frente a la “tiranía alimentaria”. Sus discursos -en Turín o en Londres, en Lima o en Nairobi- son auténticas llamadas a las azadas, los cuchillos y los tenedores para defender la tarta de la comida local, ecológica y sana…

Vivimos a expensas de un sistema alimentario criminal e insostenible. Más de 850 milones de personas pasan hambre, y más de 1.500 millones padecen obesidad o están sobrealimentados. Son las dos caras de la misma moneda. Y entre tanto, tiramos millones de toneladas de comida a la basura… ¿Cómo podemos tolerarlo?. El alimento, la política y el medio ambiente siempre han ido unidos, desde los tiempos de los faraones y de Nerón. La política alimentaria ha sido históricamente el elemento fundamental del poder, que consiste ensencialmente en controlar el vientre de las personas. En tiempos se hacían las guerras para conquistar tierras y cultivar. Hoy se persigue el mismo afán por otros medios: las multinacionales se han lanzado a la nueva “conquista” de Africa.”

¿Qué tienen pues en común un miembro un miembro de Slow Food en Nueva York y con otro en Yaundé, sin ir más lejos? “Los dos están unidos por su aprecio por la tierra, por la dignidad de los campesinos, por nuevas formas de distribución y venta directa, por los mercados de granjeros, por los alimentos locales y de temporada… Cada país tiene su cultura, y eso es algo que también nos interesa destacar: los países que llamanos “pobres” son a veces muy ricos en cultura gastronómica“.  El fundador de Slow Food invita a sus más de 100.000 miembros a cambiar la visión de África y apreciar su condición como cuna de biodiversidad y de las múltiples expresiones culturales que están plasmadas en sus más de 2.000 lenguas y en su riqueza gastronómica. Slow Food echó raíces en el continente africano con sus dos primeros grupos hace apenas diez años. En el 2011 se lanzó el proyecto ‘Mil Huertos en África’, relanzado ahora como “Diez mil huertos…”  y los que lleguen.

Nuestra labor no es más que una gota de agua en un continente inmenso“, certifica Petrini. “Pero si ayudamos a los africanos a retomar el control de sus semillas y el acceso directo a los mercados, si se empoderan las comunidades y se crean redes de mujeres, que son el auténtico motor la economía local, nuestra iniciativa puede tener un efecto multiplicador y contribuir al cambio de paradigma de la alimentación. Esa idea de que los trasgénicos pueden acabar con el hambre en el mundo es una falacia“, sostiene el fundado de Slow Food. “Para empezar, hoy por hoy producimos comida suficiente para alimentar a 12.000 millones de humanos. Si no lo conseguimos es principalmente por los problemas de distribución, por falta de eficiencia o de conveniencia de los “mercados”. Se está desmontando también el mito de que los cultivos transgénicos son más productivos que los biológicos. Y hasta la FAO, que hasta hace poco defendía la agricultura intensiva, se ha convertido al apoyo de la agricultura familiar y de las pequeñas explotaciones locales”.

Carlos Petrini come carne, “cada vez menos”, y ése es el camino que en su opinión deberíamos seguir en los países occidentales si no queremos contribuir al sobrecalentamiento del planeta: “El consumo de carne y de pescado es algo que hemos intentado abordar muy directamente en los últimos años en Slow Food. De esa preocupación han nacido precisamente proyectos como Slow Meat y Slow Fish… Es increíble también cómo estamos devastando los océanos”.

Ante el “pecado” de comer carne, el fundador de Slow Food vuelve sin embargo a poner la cuestión africana sobre la mesa: “Un americano medio come una media de 125 kilos al año, lo cual no es sólo malo para el planeta, es malo para la salud. En Italia, y creo que también en España, rondamos los 90 kilos por habitante, algo totalmente excesivo. Pero en Africa no comen más que cinco kilos de carne al año y por persona de media. Constrastando este tipo de datos como nos damos cuenta de la injusticia y de la desigualdad. No estaría de más que los africanos pudieran comer más carne”.

Y ahí dejamos al fundador de Slow Food, que admite que su movimiento llegó a percibirse en sus inicios como elitista y centrado en el “buen comer”, pero que ahora aspira a derribar los surcos que delimitan el hemisferio norte y el hemisferio sur: “Todos los movimientos evolucionan y tienden a hacerse más inclusivos para llegar a más y más gente. El principio de la comida “buena, limpia y justa” es algo que se entiende (y se saborea) hasta en el último rincón del planeta”.

 

Texto: cortesía Carlos Fresneda