LA PARADA DE AUTOBUS COMESTIBLE


Mientras esperaba el autobús en Londres, Mak Gilchrist tuvo una especie de “iluminación” verde. Los ojos se le quedaron clavados en el pequeño solar de 138 metros cuadrados, junto a la parada del 322, en una calle que nunca se ha sabido muy bien donde empieza.  Todo eso iba desaparecer bajo la piqueta inmobiliaria, o así lo habían dispuesto los duendes del planeamiento urbano. Pero Mak Gilchrist, que se ganaba la vida como modelo y nunca había ejercido como activista, sintió una poderosa llamada para preservar ese pequeño espacio urbano.

“El solar fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial y siempre fue como tierra de nadie. Se supone que aquí estuvo en tiempos el número uno de nuestra calle, pero por alguna misteriosa razón no habían vuelto nunca a construir, y eso había permitido que floreciera la naturaleza salvaje, junto a alguna que otra jardinera y un arce majestuoso”.

 

Repartió 500 panfletos entre sus vecinos, congregó a 40 voluntarios en un bar. De la noche a la mañana, puso en marcha un movimiento de “guerrilla verde” para recuperar el solar a golpe de rastrillo. Sobre la marcha se subió el paisajista Will Sandy, y así nació la idea de “la parada de autobús comestible”, con la misión de dar nueva vida a esos pequeños parches urbanos que están esperando una lluvia de semillas.

Esa poderosa iniciativa, multiplicada ahora por cien, ha sido el germen de la iniciativa municipal de los Pocket Parks (Parques de Bolsillo) que están brotando por doquier en Londres. Mak y Will ya se han puesto manos a la obra en otros dos solares, en West Norwood y Crystal Palace, con la idea de reverdecer todo el recorrido de la línea 322 y con la ayuda de decenas de voluntarios.

“La comida es lo que más nos une”, recalca Mak. “Una rosa puede quedar bonita, pero una mata de tomate genera comunidad... La gente que más trabaja en el solar sabe que tiene prioridad en el reparto de la cosecha, aunque siempre hay para todos. Y los vecinos lo respetan. Nunca hemos tenido vandalismo. Este es un jardín para quienes no se consideran jardineros. Aquí no hay barreras ni puertas, todo el mundo está invitado y ayuda en lo que puede. Desde unas cuantas horas a la semana a unos minutos de espera, mientras llega del autobús…”.