LAS AVENTURAS DE LA MUJER PÁJARO


Hace ya más de una década lleva Roberta Salazar agitando las alas de la asociación Ríos y Pájaros, invitando a los niños a que exploren el mundo natural, arrastrando a los visitantes hasta orillas del lago Williams, donde se reflejan los picos más altos e insospechados de este rincón mágico de Nuevo México.

Los niños de hoy en día apenas pasan tiempo a cielo abierto“, se lamenta Roberta. “Incluso en un lugar como éste, donde el apego a la tierra ha perdurado durante siglos, se han perdido los lazos con el entorno. Si queremos un futuro saludable y sostenible, tenemos que ayudar a los más pequeños a conectar con la fuente primordial de la vida. Vivimos en un planeta mágico“, sostiene Roberta. “Y la mejor manera de captar esa magia es aprovechando esa edad de fascinación total por lo que nos rodea. A los niños no hay que explicarles lo que es la “biofilia”. Su atracción por el mundo natural es instantánea, y lo único que hay que hacer es alimentarla. No hay mejor aula que el bosque, ni mejor manera de preservar la naturaleza”.

Roberta recuerda su propia infancia como un sueño bien palpable… “Me crié en una granja aquí, al norte de Nuevo México. A mis padres les veía siempre cultivando o haciendo cosas con las manos. Llevábamos una vida muy frugal y al mismo tiempo muy rica, muy vinculada a la tierra. Imagino que por eso he acabado siempre volviendo. Siento unos lazos yo diría que espirituales con el valle de Taos”.

“Me di cuenta de lo desconectada que está la biología del mundo real. Tuve la suerte de trabajar en lugares bellísimos, pero toda mi labor consistía en contribuir a la “domesticación” de la vida silvestre, usando herbicidas o contribuyendo a la destrucción de espacios naturales”.

En 1999 tuvo la idea de insuflar unas dosis de “aventura” en el mundo de la educación.  Junto al ornitólogo Jim Travis, John Otis y un equipo de científicos y pedagogos fundó Rivers & Birds, con ese pájaro de la paz como emblema… “Porque en el fondo la paz no es sino la armonía y la serenidad trasplantada a nuestras relaciones con los seres vivos y con la naturaleza”.

“Agua, aire, tierra, fuego. Los niños tienen que descubrir por sí mismos la interconexión que existe entre los elementos espirituales de la vida. Nuestras culturas ancestrales entendieron claramente que nuestra supervivencia dependía de la sabia combinación de los cuatro para preservar la biodiversidad. Conservación, frugalidad y simplicidad“, es la trilogía con la que se despide Roberta. “Esa fue también otra lección que nos trasmitieron nuestros ancestros, aquí en Nuevo México, y que ahora germina otra vez en los niños. Yo confío mucho en la nueva generación: ellos serán los auténticos custodios de la naturaleza”.

 

Texto: cortesía Carlos Fresneda